De niña, como a los dos años, tenía un muñeco llamado Pepe, lo traía de un lado a otro, junto a una osita disfrazada de conejo llamada Kika. Pepe era mi favorito, uno de esos muñecos de los años ochenta que parecían un poco payasitos, no sé si su nariz tenía pintada una bolita roja, pero yo la recuerdo pequeña y puntiaguda, vestía un overol amarillo con estampado de cochecitos azules y su cabello era crespo y negro. Pepe era un gran juguete, supongo que representaba no a un bebé sino a un niño como de mi edad, por eso jugaba con él, sobrevivió hasta mis 35 y está en algún lugar de la casa de mi madre, ya todo despintado que da miedo. No recordaba a Pepe hasta que abrazando y cambiando a mi hija, se me hizo parecida a alguien y supe que se parecía a Pepe. Podría culpar a Pepe de mi enseñanza de maternidad en el patriarcado, tan ineludible, tan impuesta, o simplemente compartirles mi gran secreto, que arrullar a mi hija se parece muchísimo a jugar.