Antes solía comerme una crujiente sopa de arroz porque no esperaba a que terminara su cocción, por eso no esponjaba ni secaba. De joven, dejé de usar el transporte público si podía sustituirlo por caminatas de hasta una hora con tal de no esperar la combi o el microbús. Nunca sembré semillas porque era una locura esperar la magia de un punto verde en la tierra que podía o no vivir. Aún evito hacer fila en lugares desconocidos donde apenas prepararán mi comida porque me siento atada a un tiempo indeterminado, vulnerable. Ya no lo llevo tan mal. Hay actividades en las que aprendí a esperar porque se hizo más lento que yo lo hiciera, sobretodo, porque la prisa dejó de tener sentido. No saber esperar me llevó a hacer muchas cosas, acumulé un currículum de esos que gustan en el campo laboral, pero por azar y más por fortuna, un día entendí que importaba el rumbo y no tanto lo acumulado, cuando el rumbo aparece, todo se tranquiliza, al menos un poco. Aprendo a esperar a medias, a tercias, a quintentas, aun me desespero con las esperas inevitables, con los ciclos de despedidas, con las comidas que se cuecen a fuego lento, con los sueños que se alimentan de suspiritos pequeños de nado de pez. Ya hasta he visto salir de mis macetas puntos verdes que se convierten en plantas, si lo confieso, las veo como una casualidad porque no las espero, ocurren frente a mí o a pesar de mí. He aprendido a esperar porque no queda de otra. Porque si no hay pasitos, no hay trayecto. Porque ya no quiero comer arroz crudo hirviendo en mi boca. Ya no quiero andar por horas sobre el pavimento de la ciudad por laberintos de esmog. Espero y espero porque al final la vida son los suspiritos de nado de pez y no me había enterado.