Mi mejor amiga de la secundaria, Sa, conoció a mi abuela Amelia, la madre de mi madre, una noche en que salimos de la escuela secundaria en turno vespertino, habíamos ido a clases extra-escolares o a algún evento inusual porque nosotras éramos del matutino. La avenida era peligrosa, pero aún había un poco de luz de la tarde, de esa que es azulada pero atemoriza a las niñas con las farolas de los autos abriéndose en una temprana noche. Amelia vendía desde las seis de la tarde, en la banqueta, a las puertas de la casa de una vecina, tostaditas, tlacoyitos y semillas cocinadas al calor de un comal prendido con hojas y carbón. Le presenté a mi amiga a mi abuela mientras nos regañaba sutilmente por no tomar la combi. Para entonces Sa y yo estábamos comenzando a descubrir el placer de caminar para evitar el transporte público y se nos haría un vicio vagabundear hasta finales de la preparatoria. Me despedí de mi abuela jurándole que más adelante tomaríamos la combi y seguimos andando la avenida empinada, en medio de una oscuridad que nos resultaba muy nueva y aventurera. Unos kilómetros más tarde, Sa soltó algo que nadie me había dicho: «Te pareces muchísimo a tu abuela, más que lo que te pareces a tu mamá». Pensé que la poca luz la hacía decir cosas que no eran, pero con el tiempo me di cuenta que mi cara, incluso mi cuerpo, es muy similar a Amelia. Hace muy poco le conté a mi madre, Estrella, lo que me dijo Sa aquella noche, así me incorporó un dato novedoso: «Cuando eras pequeña, una vez Amelia me dijo: No te vayas a enojar, hija, pero esa niña se parece más a mí que a ti». Es como si hubiese sido una verdad evidente, pero guardada como secreto con tal de inscribirme a una línea paterna que el tiempo borró.