Mi madre y ella

Despedí a mi madre en la terminal, la abracé, nos dijimos tequiero. Y mientras veía cómo salía su autobús, al sentir su ausencia, lo único que sentí fue: ¿Dónde está Ella?, hablo de la mujer de quien estoy enamorada, de aquella de quien guardo su nombre como un secreto. Este es uno de esos textos que causan polémica, pero que me gusta escribir. Otra vez llegué a la conclusión de que el amor de mi madre es tangible, real, sentido, pero también es una búsqueda que una va creando, encontrando con otras. No pensé esta vez en mis amigas y las amo tanto, pensé en la mujer que me hace destellar sonrisas imposibles en fotos porque no sonrío así normalmente, y sin embargo, el amor de mi madre se siente así todo el tiempo. Nacer de mujer es provenir de esos destellos, juntarlos a cuentagotas, encontrarlos en el cuerpo de una mujer, que me comparte su vida, que nos buscamos en besos, que nos encontramos en ilusiones. Al amar a la mujer de la que estoy enamorada, estoy amando a la vez a mi madre. Al amar a mis amigas, las de las locuras y la magia, estoy amando a mi madre. Al amar a mis hermanas, mis compañeras de días y andares, estoy amando a la vez a mi madre. Al amar a mi madre, la mujer que me creó, me estoy amando yo. Y ese amor es erotismo y tranquilidad, todo al mismo tiempo, fuera de la lógica de uso sexual, fuera de la lógica patriarcal.

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