Qué fortuna ser mujer y contener en mí todos los orígenes de la universa. Qué manjar que las montañas y ríos sean una continuación de mi piel. Y que el agua salada del mar sean mis poros exhalando. Qué grandeza ser la luna y el sol, los campos y las semillas, las lluvias y las tormentas. Qué tranquilidad ser árboles y desiertos, selvas y auroras boreales, profundidades y laberintos, y el movimiento de toda hojarasca al andar. Qué fortuna crear cuerpos de agua dulce adentro de mí donde nadan peces del futuro y del pasado. Qué placer que la noche sea mi cabello y que las estrellas sean gotitas de leche de mi madre. Qué increíble saberme inmortal por la promesa siempre cumplida de nacer mujer en todas mis vidas. Qué plenitud reconocerme en cada susurro de viento y en cada mirada de otra mujer. Qué fortuna saber volar y cambiar el plumaje por bellos dorados y grises, rojizos y verdes. Qué belleza que mis pies sean raíces y haya aprendido a florecer en ciclos inevitables, anclada a colchones de tierra frugosos y cálidos. Qué fortuna que mi vientre sea horizonte y mi sangre alimento, para nutrirme a mí misma junto con mi abuela que también soy yo. Qué delicia que mis órganos sean naranjas, melones y sandías. Y qué certeza que nada ni nadie pueda hacerme callar o morir.