He tenido tiempo de rechazar a mi madre, desde la forma como comía hasta su negación a mi lesbiandad. Pero los años han pasado y ya no odio nada de ella ni ella se niega a mi lesbiandad. El feminismo me enseñó que mi madre es otra mujer como yo, pero también me enseñó que soy una hija mujer, como ella. No resuena más en mí ese reclamo eterno sobre lo que una madre es o nunca fue. Y mi madre no fue perfecta como ninguna mujer lo es. Ahora somos dos mujeres adultas que conviven según el presente y un pasado que ya ha pasado. No soy la opositora de mi madre ni niego sus saberes. Ella tampoco es mi opositora ni niega mis saberes. Para mi sorpresa, suele creer que sé lo que hago aunque yo no sepa bien hacia donde voy, y quizá parezca que lo sé porque me nace fingir seguridad, una seguridad que siempre he visto en ella. Me repele un feminismo que queda estancado en lo que su madre no fue, y por tanto, en un reclamo eterno desde el dolor que se traduce en la hija «rebelde» de su línea materna, siempre pendiente en aclarar que las mujeres «son lo peor que le han pasado» y queriendo ser cada vez un poco más como ellos, en todos los sentidos: la más culta, la más sexy, la más exitosa, la más científica y racional. Y no es que considere que no haya casos en donde se amerite reclamar, o que no existan otros donde se requiera distancia y finales con otra mujer, simplemente creo que odiar a la madre es una etapa que tendría que haber pasado en toda mujer, como pasa la etapa de ser heterosexual…