Qué delicia un bolillo recién salido del horno relleno de lo que quieras. Un mango frío que se come a media mañana, o dos. La salsa roja molcajeteada en los sopes bien doraditos con frijoles refritos, con mucha cebolla, aunque si no quieres, no. Qué delicia un plátano entero, el sabor miel del melón, la piña acidita en rodajas, las uvas que se amontonan en decenas en la boca. Qué fortuna los elotes de grano ancho con mucho picante en polvo como para estornudar. Las paletas heladas de limón, las de café y las galletas de animalitos. Qué fortuna vivir en el mismo planeta donde existen los tamales oaxaqueños, la enorme y suave masa bañada en salsa que se oferta como desayuno y como cena, casi en cualquier calle. Qué bendición la salsa valentina en las palomitas y en lo que sea. Qué amor el chocolate de olla hecho en agua a mitad de la tarde de lluvia que te arrulla hasta querer dormir. Qué fortuna las obleas con cajeta como postre veraniego, las cerezas dulces, las jícamas y las lechugas llenas de agua que te quitan la sed. Qué fortuna estar vivas. Qué atrevimiento saborearnos sin preocupaciones absurdas por cómo nos veremos en un mundo de hombres que nos exige no disfrutar-nos.