Amar a la madre no significa idealizarla ni cosificarla «en santa» sino mirarla como una mujer, una como tú. Eso implica observar su violencia, tomar distancia, sanar lejos de ella si así se requiera. Yo no sé qué amerita encuentro y qué requiere distancia, eso cada una lo sabe. Lo que sí sé es que no es una obligación. No es una obligación amar a la madre, aunque si es posible hacerlo vale la vida hacerlo, lo que es urgente es dejar de odiarla o despreciarla. He conocido mujeres con relaciones con madres que ejercieron violencia, no todas ellas la odian de manera activa, pero algunas sí y odian a otras en consecuencia, no digo que hay que olvidar lo que ella hizo, sino acomodarlo en algún lugar donde no duela y seguir nutriéndonos de otras y con otras. Conozco a otras que idealizaron a sus madres a punto de deshumanizarlas y no pueden reconocer en ellas errores ni en sí mismas, es como reflejarse en concreto y es doloroso. Tengo muchos ejemplos, pero no siento que haya forma bonita de contarlos sin que alguna se sienta ofendida, por eso invito a ustedas a mirar a su alrededor, dado que ya saben cómo se llevan sus amigas con sus madres, observen quién de sus amigas se lleva bien con otras mujeres y cómo es su desprecio a su madre, casi les aseguro que lo tiene apagado, con todo y que quizá haya vivido violencia con ella. Observen quién tiene todos los insultos a su madre encendidos y en consecuencia, también lo tiene a otras mujeres, no porque crea que madre es destino, pero algo debe mostrarnos de nosotras la relación más larga que hemos tenido con una mujer. Ahora, la madre no es la única mujer con la que hemos convivido, darse cuenta de cómo abuela, hermanas, amoras estuvieron ahí, eso también es sanar con la madre; saberla mujer y no santa, saberla mujer con misoginia y violencia, no omnipotente e inerte.