Deseo que toda niña en el mundo sea esperada por un grupo de mujeres que atentas vigilarán amorosamente cada uno de sus pasos. Deseo que una partera acompañe a su madre para vivir un parto respetado y que la abuela y las tías estén listas para recibirla entre abrazos, baños calientes y humeantes comidas para su madre y ella. Deseo que ninguna tenga que llamar a un señor «padre», «abuelo», «tío», «padrastro», ni que le honren memoria con nostalgia. Deseo que las niñas puedan sentarse como les plazca en la sala de su casa sin temor a que nada ocurra. Deseo que esas niñas se sepan libres y que nadie ni una sola vez, ni por chiste, les pregunte por un novio, en la primaria, en la secundaria ni nunca. Que puedan amar a otras niñas y jugar en espacios seguros que procuran mujeres adultas que ya se saben autónomas y no lloran a ningún marido que no llegó o que se fue. Deseo que esas niñas coman lo que quieran y disfruten los colores y sabores, sin temor a salirse de un anticuado parámetro de imagen masculina. Deseo que toda niña conozca su menstruación como una ciclicidad de la vida y no como el anuncio de un atemorizante embarazo que no ocurrió. Que no tengan que soportar sobre su cuerpo vejaciones a las que tamprosamente hoy aún se les llama placer. Deseo que esas niñas se conozcan cada poro y se sepan sagradas, como diosas vivas, inmensas y eternas sin miedo a existir. Deseo que esas niñas tengan campos verdes donde jugar, que haya fiestas cada mes, entre mujeres y niñas que cantan alegres y bailan alborotadas bajo la luz de la luna. Porque esas niñas podrán atreverse a cosas que aún nosotras no podemos imaginar, pero ya intuimos, como ese vientecito bochornoso de un aguacero por suceder.