Viene una joven con tenis con estampado de flores chiquitas, está sentada junto a mí en el metro. Yo tenía unos iguales a los 10, fueron obsequio de madre, pero no los calzaba porque me resultaban muy femeninos y las flores me hacían sentir un poco cómica. Mi madre no entendía esos desplantes míos, como tampoco entendió cuando me regaló una hermosa blusa tejida de color rojo para mi convivencia de sexto de primaria y yo me negué a llevarla puesta porque sentía que se me transparentaba todo y no era cierto, pero así me sentía. Mi madre había procurado que las puntadas fueran tan apretadas que nada pudiera traslucirse, pero yo prefería estar envuelta en una playera vieja, sencilla y holgada que no llamara la atención. El mismo modelo de blusa tejida regresó en tendencia el año pasado. Ese día lloramos ambas, yo por su incomprensión y ella porque su regalo fue rechazado entre lágrimas y gritos de «no me comprendes, mamá». Hubo muchas cosas que a mi madre le hubiera gustado que yo usara de niña, por ejemplo, unas sandalias de verano que cada año me sugería de los aparadores y a mí me parecían de princesa cursi del campo o esos aretitos de fantasía que ella usaba con pretexto de cualquier época, pero yo dejé de usar aretes pasado el tercero de primaria, aunque en la prepa aprendí a volver a usarlos en mi etapa heterosexual y más tarde de lesbiana, solo en eventos especiales. También hubiese querido que compartiera su gusto por las faldas, pero no las he usado con convicción propia más que en tercero de prepa porque se pusieron de moda unas muy muy largas y me compré una café. La primera vez que le dije a mi madre que era lesbiana, ya entrados mis veintes, soltó un: ¡Por eso no te gustaban los tenis de florecitas! Si bien con los años mi madre supo que hay lesbianas con tenis de florecitas, blusas rojas, faldas y aretitos, en su momento le sirvió la explicación de un gen lésbico en mí. Como en ese tiempo yo solía cantar sin descanso que todo era una construcción social, le expliqué con tono de estudianta de ciencias sociales, que no podía ser así. Mi madre no me creyó de todas formas, mucho menos cuando el resto de sus hijas resultaron lesbianas e incluso un par de sobrinas. Luego supe que tenía razón y todas somos lesbianas de origen, pero era por algo más potente que un supuesto gen.