Mis amigas que han vivido siempre ciudades grandes, idealizan los lugares pequeños, eso he pensado por años, pero una que viene de allá, de un lugar cuya atracción principal es ir a dar vueltas en el mismo parque, sé que no saben de lo que hablan. No saben que una vive vigilada por la moral vigente, que no hay privacidad, que la vida es lenta porque hay poco qué hacer más allá del trabajo del hogar, que la mayoría de las veces solo se permanece en casa porque trasladarse es caro y poco inspirador, que ciertas ideas no son bien recibidas y que a los 32, mi edad, una es casi una adulta mayor. Pero últimamente en el encierro, vuelvo a sentirme como allá, que solo se sale para trabajar, pero que la mayor parte de la vida te pasas encerrada, que hay mucho calor afuera, comida hecha en casa y la misma gente por décadas. Y no me desagrada, después de todo, soy muy de los lugares pequeños, muy de la comida en casa, muy de encontrar la emoción de la vida en un buen desayuno. Y luego veo el cielo que aquí es gris, pero allá es azul, el mercado que aquí es caro e insípido y allá barato y de todos los sabores, y no me desagrada la posibilidad de volver, pero no es eso lo que quisiera, porque allá también hay capitalismo, patriarcado y feminicidios, aunado a un gran aislamiento social que no se lo deseo a nadie, entonces concluyo que no es la gran ciudad lo que me desbarata ni el pequeño poblado, sino los hombres, su violencia, su vigilancia y su contaminación. Espero que un día todo vuelva a ser nuestro, de las mujeres.