Me gustó desde que la vi llegar, pero eso era tan superficial que hundí mi atención en la ensalada. Ya sabía quién era y cómo se llamaba. Habíamos hablado durante meses y hoy sus amigas me la presentaban. Fingí seriedad, atender con precaución el menú y comer mirando a todas excepto a ella, no fuera a ser que algo delatara mi emoción; al final de la comida se me acercó, era aún mucho muy atractiva, más que en su voz, más que en mensajes, más que en sus reflexiones. Mi protocolo de seriedad se activa, me cuenta de su vida, de los días, guardo más seriedad mientras sigo la plática blalabla con una sonrisa tan enorme que me duelen mis cachetes, con ese imán alborotando algo en medio de los ombligos de las dos o probablemente solo en el mío. A ratos creí que estaba enamorada y probablemente lo estuve ese fin de semana mientras charlamos en la mesa, hasta que llegué días después con mi psicóloga y tuve que analizar por qué me gustaba, así me dejó de gustar, ya ven, una es racional y predecible, pero el flechazo fue tanto, que siento que anduve con ella, o con su espectro, o con su espíritu, lo más tranquilizador es que a veces ella se comporta así también.