El sujeto «no binario», «queer», «trans» se postula como una «evolución» de la «humanidad», como buenos herederos del sistema patriarcal (y luego colonial) que fundaron. Desde esa mirada, despojan a los pueblos ancestrales de mujeres de su historia ginocéntrica y relatan tramposamente esa historia como «trans».
Por ejemplo, están los casos de Amelia Robles, lesbiana del tiempo revolucionario, a quien desde un par de años están llamando «hombre trans», lo mismo que ya ocurre con Sor Juana Inés. La deformación de la historia a su favor, apenas queda develada como patriarcal, se refuerza a marchas forzadas.
En los últimos años han llegado a afirmar un pasado pre-colonial «queer» y se atreven a afirmar desde la teoría descolonial (que no es más que teoría posmoderna) que no hay historia de las mujeres previa a la colonización, porque afirman que no hubo manera en que hiciéramos historia entre nosotras por fuera de la lógica blanca, ignorando así, a nuestras propias abuelas.
De esta forma, los hombres nos siguen colonizando, nos llaman «lo incivilizado» y «salvaje» por hablar de nuestros cuerpos y de nuestra historia. A través de lo «no binario, «queer» y «trans» dan vuelo al viejo sujeto patriarcal (y de la modernidad): el que ostenta la «razón», lo «nuevo», quien sí «entiende», ¿o acaso no les han dicho «retrógradas», «tontas», «conservadoras» o «terfs» por no repetir el glosario GBTQ?
El resultado es el de siempre, son ellos quienes tienen el derecho de enunciación y no nosotras, por eso, refuerzan nuestra estatus de «objeto» en su sistema patriarcal: «cis», «cuerpo gestante», etcétera. Y allá de aquella que no se «actualice», allá aquella que no quiera «evolucionar», allá de aquella que no quiera «entrar en razón»…