En la primavera, uno de sus hijos púberes, de esos que parecían seguir bajo las enaguas maternas pero que nunca es así, se trepaba por el árbol y comenzaba a mecer las ramas de aquí para allá, del cielo nos caían decenas de moras y las primas corríamos con trastecitos para juntarlos, pero cuidadosas de no pisarlas, la abuela, Amelia, era muy feliz en ese ritual, así que nos animaba a juntar más, mira esta, mira la otra, cuidado con esa; las más pequeñas se las comenzaban a comer mientras mis tías pedían que esperaran a que les enjuagáramos la tierra, el gran árbol soltaba sus moras más dulces, las más moradas, las más jugosas en una gran lluvia, los trastecitos nunca eran suficientes y comíamos ese postre mientras las adultas se ponían al tanto de toda su vida. De donde soy, las moras crecen en el patio de Amelia y caen en forma de lluvia cada que hay niñas cerca.