«Luisa otra vez se siente muy mal», le dijo mi madre a mi ginecóloga privada, por teléfono. «Llévela al IMSS», contestó. El dolor era insoportable, como si mi estómago estuviera pulverizándose, no se trataba de contracciones, era mi estómago. Aún entre el dolor, me agarró desprevenida la negligencia de mi doctora. ¿Por qué no nos dijo que en caso de urgencias no me atendería? Esa misma mañana había estado con ella y nos reiteró que le marcáramos, esa mañana me dijo que el plan seguía en curso, que todo iba bien, que nos veríamos cuando llegara el momento, en la clínica privada, donde contraté el plan de parto humanizado. Mis hermanas pidieron el uber y mi madre me tomó del brazo hasta la sala de urgencias del hospital del IMSS.
El panorama esta vez fue distinto a dos días antes. No estuvo la enfermera enojona de la entrada quien no te toma la presión a menos que dejes de gritar de dolor. Tampoco estuvo la ginecóloga quien me regañó por comer picante en el embarazo, la misma quien preguntó burlona a sus compañeras mientras yo me retorcía de dolor: ¿Alguna de ustedes también tuvo gastritis como ella en el embarazo? No, esta vez todo mundo gritaba por mis 173 de presión. No había ni terminado de entrar cuando ya tenía una sonda en la vejiga, vendas en mis piernas, medicamentos en mis venas.
No sé muy bien qué pasó entre las 3 de la mañana a las 9, pero el dolor cesó. Sin embargo, mis piernas estaban moradas y mi panza había desaparecido. “Señora, su niña viene pequeña, por eso no hizo panza», decía esta nueva ginecóloga del IMSS sin haberme hecho un solo ultrasonido, alcancé a corregirla y le dije que todos los ultrasonidos marcaban peso normal, pero me miré la panza y era cierto, no tenía panza, me asusté. «Su hija tiene preeclampsia, si usted se la lleva, debe venir una ambulancia por ella, ya le pusimos medicamentos anticonvulsivos, la paciente está en riesgo de morir», le dijeron a mi madre amenazantes, mi madre me convenció amorosa de quedarme y se despidió. Tuve que dejar de llorar, ya estaba sola ahí, en medio de arpías y búhos.
Antes de que iniciara la operación, la ginecóloga me preguntó desde cuándo me sentía húmeda. «Desde que le avisé que sentía que no me habían puesto bien la sonda de la vejiga, ¿por qué?», «porque rompiste la fuente». Esta fue la señal que necesitaba, quizá ellos lo habían provocado, pero yo lo tomé como el aviso que esperé por semanas, cuando me dijo mi ginecóloga privada que la niña decidiría cuándo nacer, con esa señal supe que mi hija, a pesar de todo, estaba eligiendo su hora. Me metieron a quirófano y me rajaron en vertical. Me asusté porque sentí todo lo que me hicieron. Sonaron tres canciones de mi época de la facultad, tarareé mi favorita porque hubo mi favorita en el torbellino de azares.
Su llanto, el sol.
Silencio y mi mirada en la cuna. «Solo está callada», una pediatra me explica. Escuché cuando tiraron mi placenta a la basura, que en mis planes estaba comerla con frutos rojos. Qué ironía. No hubo piel con piel. No hubo lactancia de nacimiento. Nada de lo que tanto quería. El esperar a que el cordón dejara de latir. Apenas me dejaron verla un pestañeo antes de cerrarme la cortada. Mis brazos todo el tiempo abiertos, como cristo. Dolor en todo el cuerpo. La camilla subiéndome a sala de recuperación. Muchas mujeres con sus bebés, acostadas, una tras otra. “¿Puedo ver a mi beba?”, le pedí a una enfermera, «hasta que puedas mover tus piernas». Trataba de moverlas con rapidez y nada. Buscaba con la mirada a mi hija por el rincón donde se escuchaban recién nacidos, una cortina lo impedía. «Le hicimos un lavado de estómago», me avisó otra enfermera, “en un ratito te la damos”, las horas pasaban. “Le dimos fórmula», me dijo otro. “¿Me puede traer a mi bebé?”, suplicaba a quienes pasaban cerca de mi cama, “en un momento”. Por fin la trajeron, cinco minutos, quizá diez estuve con ella en mis brazos, otra vez me la quitaron. «Tienes que firmar que ella se irá a cuneros, pasa a resguardo, ella está bien, pero eres tú la que se irá a terapia intensiva, más tarde podrá verla algún familiar», firmé llorando y me permitieron despedirme, me la mostraron pendiendo sobre mí, sin poder abrazarla. La vi impávida, la niña punk, con sus pelitos parados, su piel morena, sin lloriquear, como diciéndome de alguna forma: «Mamá, yo estoy fuerte y no lloro, te toca a ti ser fuerte y no llorar». Acepté.
Bajé a terapia intensiva, el tiempo lento, mi madre entró en algún momento del otro día, cubierta de gorro, bata, cubrebocas, como si el covid hubiese vuelto. “Mami, ¿ya la viste?”, quise saber qué opinaba de sus pelitos punk: “No me dejaron entrar a cuneros, solo pueden los papás, me dijeron que si no había un papá, al menos, un abuelo o un tío”. Ardí en muina, tendida en la cama, con mi estómago vacío. La enfermera me dijo que guardara la calma, que mi presión subiría. Mi madre trató de tranquilizarme, la máquina comenzó a subir, respiré. Me dio el celular de contrabando y mis amigas me felicitaban. ¿Por qué me felicitan si ni he podido verla?, me quejé, hicieron un alboroto allá afuera, más tarde mi madre por fin la vio en cuneros, por un ratito.
Me dejaron ir a sala de recuperación un día después. Otra vez muchas mujeres con sus bebés. Paz porque ya no hay sonda de la vejiga. Dos días sin verla. Mi novia me baña a la hora de visitas y siento mis pechos endurecer. «Mira, está saliendo leche», me animo presumiéndole. “Eres autónoma y produces tu leche”, me sonríe. “Sí, pensé que mi cuerpo no produciría, ¿crees que ya me den de alta?”, regresa la tristeza, “mañana te darán de alta”, enuncia la amora jugando con su magia y me cuenta cómo la beba aprende a ser autónoma hablando con sus amiguitas de cunas y socializando con las enfermeras. Me peina mi largo cabello en cama y miramos el desfile de enfermeras como si fuera una más de nuestras citas, ella se indigna por las mil quinientas veces que me insisten a mí y a las demás, en egresar con un método anticonceptivo, entre regaños y malos tratos, «vamos a denunciar cuando sea el momento», me dice quedita.
Mi madre sube al otro día. Tres días sin verla. “Te damos el alta, sales esta mañana” por fin escribe una ginecóloga en un papelito que si deseara, ella tiraría a la suerte. Mi madre corre a avisar a cuneros. Yo me enlisto medio lenta, medio torpe, con mis órganos reacomodándose. Me la entregan recién bañada. No sé qué hacer con ella, ni con el dolor de los senos, ni con mi cuerpo adolorido. Mi madre la carga y salimos por fin, ansiosas y desesperadas por dejar ese lugar. Llegamos a casa, ella sigue silenciosa, sin llorar, a los dos días se entera que ya no tiene que fingir, por fin llora, por fin mueve sus piernas, por fin está en casa, por fin mis pechos dejan de doler. A los dos días también me entero que soy madre, que doy leche, que arrullo a una niña que acaba de nacer.
Bienvenida, hija.