La mayoría de las veces vivo en la esperanza, creo que vendrá una enfermedad que acabará con hombres o que las mujeres envenenarán la sopa de sus agresores. Imagino oleadas de lesbianas y lo compruebo en cada taller que doy, cuando una compañera deja a su novio, pero no me recargo ahí, porque algunas vuelven a la heterosexualidad. Creo en mi madre y hermanas lesbianas, en mis vecinas lesbianas y en mis amigas lesbianas, así como en los tiempos enloquecidos que movemos. A veces encuentro esperanza en referencias pop, como hace unos días que vengo escuchando la canción esa de Demi Lovato, en decenas de videos de tiktok, donde denuncia la violencia que vivió a los 17 con un novio de 29, pero nadie dijo nada. Qué gran atino. En mi época estaba bien vista la diferencia de edad y los profesores vejetes treintones, cuarentones y cincuentones enamoraban a mujeres a punto de cumplir 20. Se paseaban por la facultad sin vergüenza y nadie se atrevía a mal mirarlos porque era un signo de avanzada, de «mujeres y hombres libres». A nosotras nos habían puesto «40 y 20» de José José en la niñez y en las borracheras se gritaba que «en el amor no hay edad». La película de esos tiempos se pone peor, estábamos sumergidas en la heterosexualidad y la única evidencia de revolución era una calcomanía del Che Guevara que había en los pasillos. Todo cambió en un chasquido. Hoy las mujeres detectan la diferencia de edad como violencia, en canciones pop, y rememoran que lo que antes fue normal, ya no debe serlo. Y yo vi frente a mis ojos ese cambio. Cómo no voy a seguir creyendo que vendrá la sopa mágica o la tormenta de lesbianas. Nos toca seguir luchando.