Esperaba

Una también tiene su corazoncita, también volvió alguiena esta cuarentena y también volví a contestar. Gran, gran, gran amora de la vida. Está bien, lo confieso, yo escribí. Pero en mi defensa debo decir que ella contestó de inmediato. Es más, agregaré justificaciones para no parecer una desquiciada ante ustedas, selecta pública de lectoras, ella veía ya mis stories de Instagram, llevaba así yo creo que meses, pero me contuve todo el tiempo, excepto ayer, y simplemente le devolví el follow, no suena ya tan mal, ¿cierto?, cuando se lo devolví, ni modo que no escribir «hola» ¿no? Hablo de mi primer mejor amiga, creo que después de ella, no tuve «mejor amiga», no así, imagínense conocerla a los 13 y tener una amistad hasta los 27, así de secretito en el oído y complicidad de esa que cae mal porque nadie más la entiende. No ocurrió nada complicado que nos hizo separarnos, solo la vida, qué más puede ocurrir, ya todo lo difícil lo habíamos sobrepasado, como cuando intercambiamos… olvídenlo, ese tema está saldado, o como cuando la familia nos alejó en medio de un caos que nos duró el llanto varias semanas. Está feliz, ¿saben? ya no trabaja en esa institución que queda por el tianguis al que yo aún visitaba pensando que la encontraría un día, al menos ya podré ir sin alzar la mirada tratando de encontrarla, porque una tiene su corazoncita hilvanada como en película de señoritas que se aman secretamente, en blanco y negro, y se crea historias de la telepatía que no existe más entre nosotras. Una de esas tardes en que la fui a buscar, lo único que encontré fue un porta-llaves (¿o cómo se llama eso? ¿el que se clava en la pared?) en forma de gato, que sé también le hubiera gustado, yo suponía que en sus horas de descanso, quizá saldría a comer por ahí, suponía de la suposición porque nada me constaba. El día que volví a saber de ella, quiero decir, ayer que hablé con ella, soñé algo impresionante, que me encontraba en casa conmigo misma, como en sus cuadros de Frida de los que tanto me habló por años, ahí estaba yo y podía volver a hablarme, hacía mucho que no sentía eso, pero sé que no era por ella, fue porque no corrí alocada por los recuerdos, no crean que no pensé «¿qué tal un café o una caminata de esas interminables que supongo también le gustan aún como a mí?», pero no, no dije eso, nos pusimos al tanto de toda su familia y mi familia, de su presente y mi presente, ¡vayas sorpresas, no saben!, pero luego nos despedimos como cuando una se despide ahí en esas redes, todo muy casual. Así que la cuarentena me regresó a una vieja amora y también me mantuvo en la «sana distancia» que hoy es parte de nuestra historia, eso sí, como que una piecesita adentro de mí se reacomodo, debe ser en la repisa de las tazas y platos, una taza estaba mal acomodada, a punto de caerse cada que abrías con fuerza las puertitas, pero ya está bien, como en orden, sin tambalear.

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