Hace treinta y un años una mujer de diecinueve fue obligada a tenerme en un contexto patriarcal que la despojó de su cuerpo, en medio de un cuarto en obra negra, con la partera de la familia. Hace treinta y un años esa mujer sentía la soledad de la maternidad que la vació de sueños. De esa mujer bebí yo, de sus sueños rotos, pero también de la fuerza con la que se reconstruyó, de la alegría que se recuperó para sí, hasta volvernos lo más cercanas a amigas y encontrarnos por fortuna menos alejadas, pero yo siempre agradecida de saberla superviviente a pesar de lo que esta sociedad de hombres le hizo. Cada 13 de enero, siendo la mayor de tres hijas, pienso que no hay palabras ni tiempo que le devuelva a esa mujer nada, menos en esta sociedad patriarcal, pero agradezco haberla conocido. Gracias, Estela. Y gracias a mí. Y gracias a ambas. Y gracias a todas las mujeres de todos los tiempos.