¿Saben? No es tan difícil construir un discurso de lesbiana de nacimiento o de un gen. Apenas me acordé cuánto me gustaba mi amiguita de primero de primaria. O que de niña estuve enamorada de una niña que salía en una telenovela infantil. Me sentaba solo a verla, quiero verla, dónde está, les digo que me acordé porque me vi buscando más videos de ella, para verla de esta edad, cómo es ahora, a qué se dedica. También recuerdo la vez que mi madre en mi quinto de primaria, me preguntó asustada cuando yo escondía un regalo para una amiga: Luisa, ¿te gusta Litzuli? Ay, no mamá, cómo crees. O cuando en segundo de secundaria mi madre insistió: Creo que tu amiga Rosa está enamorada de ti o tú estás enamorada de ella. Ya que además de que nos la pasábamos bastante bien, Rosa me regalaba cada semana algo nuevo, un lapicero, una libreta, un corazón, allá en las aulas de la Escuela Secundaria Técnica No. 21. Qué divertido, un saludo a mi madre tan promotora de la lesbiandad con sus preguntas. Ahora que hablo de Rosa recuerdo que nos juntábamos en su casa, que en esos años ella era de las pocas que tenía computadora, a buscar en «elchat.com» chats con lesbianas, que seguro no eran, pero era nuestro hobbie. O cuando me encontré a Luz por la calle, el otro día, y de paso recordé cómo en el baño de la prepa nos íbamos a besar sin que nadie nos viera o las decenas de cartas con dibujos de libélulas que me regalaba. Es decir, ahora que voy recordando diminutas fugas a mi heterosexualidad impuesta en mis años pasados, pienso: Sí, qué nefasto haber pasado tantos años en la heterosexualidad por no atreverme a pensar que el escape era posible, pero qué bueno que volví a ser lesbiana como parte del proceso de crítica y que no fui atrapada por el discurso biologicista, psicologicista y deslactosado que pide que recojamos “pistas” de un lesbianismo “natural” que no estuvo «nunca» en nuestras manos, porque vaya que es fácil agarrar esos momentos de fuga, para luego coserlos uno a uno, formar una historia más o menos hilada, heterosexualizarla, y decir que una nació tal o cual, o sea, machacar el poder político de la lesbiandad, de reconocerse desobediente, y convertirse en asidua visitante de Zona Rosa, que es lo que quieren de nosotras, a lo que somos obligadas.