Brillantez y envidia

Hace muchos varios ayeres, cuando comenzaba en el feminismo, pero no lo sabía, al contrario, creía que ya sabía lo básico que se debía saber, y por tanto, comenzaba a dar talleres en grupos de mujeres, me encontré con una participanta que me deslumbró. Ella había entendido tres bases fundamentales que le compartí y podía entremezclarlas con una agilidad analítica a su antojo, hoy entiendo que no necesariamente es una práctica nutritiva sino que se trata a veces de prácticas parasitarias o de plagio, lo vi después en compañeras que digieren una idea para hacerla pasar como propia, no sé si era el caso de esa chica, no me alcanzó saberlo, lo que pienso aún es que era brillantez de análisis. Cuando vi los destellos de aquella chica, me sentí mal, me recuerdo llorando con una amiga al descubrirlo, quien por cierto había sido mi guía feminista, le conté que me sentía opacada por la agilidad de análisis de aquella chica y me sentía poca cosa frente a ella, quien ya para entonces no era yo su tallerista sino compañera de círculo de estudio. Mi amiga escuchó pero no me dijo mucho, no sabíamos qué decir, éramos muy novatas en esto, ¿qué se puede decir cuando te conoces tan poco? Ahora entiendo que era pura heterosexualidad obligatoria, la incapacidad de conocerme y reconocer a otras. Meses después, esa misma amiga, con quien yo había llorado, un buen día vino a casa y se puso a llorar conmigo, me decía que yo «la había superado» y que ahora era una especie de nueva teórica de mis tiempos. Qué va, le dije, a duras penas entiendo dos cosas, y gran porcentaje lo entiendo gracias a ti, ¿de dónde sacas eso? Pero ella lloraba desconsolada como aquella vez que yo lloré por la chica del círculo de estudio. No hay palabras para explicar que ninguna supera a otra sino que estamos absortas en la competencia, una innecesaria competencia absurda y dolorosa, que aún no hemos descubierto la magia propia y que anhelamos la magia ajena. Pero lo entiendo, lo entiendo si yo misma lo viví esa vez que me puse a llorar por esa chica potente del taller, que por cierto, tampoco conocía su propia magia. Un día, la chica del inicio de la narración, la que podía mezclar tres bases fundamentales a su antojo haciendo complejas propuestas, vino y nos contó que el feminismo era una bazofia y que había descubierto que la ciencia decía que las mujeres buscábamos hombres agresivos «por naturaleza», por lo que dejaba el feminismo porque «no era científico». Sigo sin dudar de su brillantez, como no dudo de la brillantez de cada mujer que he conocido, ya no creo que haya alguna que no lo sea, mucho del aprendizaje al menos para mí, fue dejar de creer que la brillantez es pensar racionalmente, ahora creo, a diferencia de hace muchos ayeres, que cada una tiene su propia magia que le toca descubrir, por lo que mirar la magia ajena y competir con ésta, nos aleja de quiénes somos. Podríamos, en cambio, mirar la magia ajena y contemplarla sin ansias de competir, ¡de las otras se aprende tanto! ¡Con las otras una es tanto! Espero que aquella chica, aquella ex amiga y yo mera, estemos encontrando eso tan propio, tan íntimo, que nunca estará bajo rankings ni competencias. Lo deseo para todas.

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