El castigo de hablar

Es fácil mirarlo en las mujeres que amamos, cómo se les castiga por romper el corral al que las castigaron. Pero es difícil mirarlo en nosotras, los castigos que nos ponen por hablar cuando lo que se nos había impuesto era escuchar calladitas lo que los hombres y las ilustradas tenían que decir.

La pena, el castigo, la censura, la difamación de la rebelde que alza su voz sin pedir permiso no ocurre desde exclusivamente todos los hombres, ocurre desde las obedientes también, quienes vigilan con halo aleccionador digno de un policía o un capataz de hacienda, a quién sí y a quién no se debe escuchar, a quién sí y a quién no se debe leer, a quién sí y a quién no se debe mirar, dividiendo como les enseñaron los hombres, porque aún caminan el andar masculino: el cuerpo de la mente, pero nosotras estamos enteras, nuestra sabiduría es acción, nuestras ideas son pasos, nuestras acciones vivas son pensamiento, tal y como las ancestras nos enseñaron, que somos enteras, que las ideas son movimiento, son respiros, es agua, es amor.

Por supuesto que para nosotras la pena no es tal, y el castigo es una carcajada discreta mientras seguimos caminando, pero eso no lo van a saber, porque nuestra palabra tiene candado anti esa gente, nuestra palabra no es para ellos, ni para ellas las ilustradas, nuestra palabra es para nuestras compañeras, que como nosotras, les late al mismo ritmo la corazona, y se escucha así, bonito como un tambor caliente en una atardecer.

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