Toda mujer es una lesbiana, desde las que creen que tienen un gancho hormonal que las ata a un hombre, las que ponen cara de asco cuando hablan de otras mujeres, hasta las que recitan que «han nacido orientadas» a ellos. No quiere decir que puedan lograr ser lesbianas, pero incluso en ellas habita una lesbiana, una mujer libre que se sabe autónoma, una mujer que no se mira como la mitad de ningún hombre, una mujer que no se sabe condenada por «impulsos químicos» o «de atracción» que en realidad fueron creados sobre ella desde que nació en el patriarcado a modo de coerción. Está muy adentro de sí misma, olvidada en algún rinconcito de su ser, pero existe, es la sabiduría de sus ancestras, la fuente de rebelión en ella misma, la fogata que la mantiene con vida. Con un poco de suerte y con otro tanto de voluntad, si ella decide abrir el cajoncito donde se había olvidado, la lesbiana aparecerá.